Vas, caminando, quizás solo, tal vez con alguien de confianza, pero en ambas ocaciones pensando en cosas que no deberías hacerlo, pero que tu corazón lo hace, sin tener permiso alguno, como el valiente familiar, que se adentra el el edificio en llamas para buscar a esa persona tan querida, con la que se acabarían sus problemas, sin embargo, no es tan rápido llegar a una conclusión firme, que consideres perfecta como patrón para seguir.
Todo esto te lo planteas al mismo tiempo que paseas con esa amiga que necesita reír, y que intentas ayudarle a conseguirlo, y ella ignorante de tus pensamientos, sigue contándote la infinidad de razones que se inventa para no ser feliz. Tu luchas por sacarla adelante, mientras tu intentas no caer, y de repente, pensando en alguna alegría que necesitarías te encuentras de repente ante ti, uno de tus mayores vicios, que son los charcos. lo miras, te quedas en blanco, desaparece cualquier razonamiento, y cualquier temor durante los segundos en los que te aproximas ,miras a tu compañía, y sin dar tiempo a reacción alguna cierras los ojos y saltas, lo mas alto posible, como si estuvieses a punto de conseguir esa meta que has soñado tantas veces, te siente libre, alegre, atrevido, y hasta sube la adrenalina a la cabeza al saber el resultado. Abres los ojos al llegar al suelo, acabas de limpiar tu cabeza unos segundos, se nota, ahora sonríes, y piensas que pase lo que pase, debes disfrutar de las pequeñas cosas, porque después de un charquito puedes encontrar una flor, o un niño riendo, que pueden llenarte de energía para regalar Sonrisas durante todo el día.

